Un samurái en el Jardín del Lirio

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Desde que mi amigo, el biólogo Juan Relaño, me hizo notar que en el Jardín del Lirio hay una “falsa acacia japonesa”, además antiquísima, no dejo de preguntarme cómo llegó hasta aquí. Según los cálculos de Juan, la falsa acacia tenía formado el tronco hacia 1880. Y pocos años antes, en 1868, Japón acababa de abrir sus fronteras, tras haber permanecido cerrado al mundo durante más de tres siglos.
Este árbol científicamente se llama sófora japónica. No es en realidad una acacia aunque se parece muchísimo. Quizá por eso permanezca inadvertido entre los villarrenses que pasean por el Jardín del Lirio. Si acaso, destaca un poquitín en primavera por la exuberancia y el aroma de sus flores.
Hace 15 años invité a visitar las Cruces de Mayo a una amiga japonesa, Keiko. Estuvimos en Córdoba y después, en Villa del Río. Como le gustan mucho las flores, me pidió que le mostrase nuestro parque municipal y la llevé por la mañana al Jardín del Lirio. Nada más llegar a la entrada, pensando en asombrarla con el árbol de su país, le dije: “tengo una sorpresa para ti”. Pero ella, antes de verlo, me respondió alzando su nariz y aspirando hondo: “¡Ya lo sé! ¡Lo estoy oliendo! Aquí hay un árbol de samurái.” Entre todos los aromas primaverales había distinguido un perfume que le resultaba muy familiar porque en esos mismos días inunda las calles de su ciudad.
Luego, nos acercamos hasta la esquina que comunica el Paseo de los Lirios con la calle de acceso al Polideportivo. Y allí, Keiko, con una sonrisa de satisfacción, no paraba de hacer fotos. Me pidió que la fotografiase junto a “su árbol” para así mostrar en su Kioto natal, que también en Andalucía hay un sófora tan noble como la antigua capital de Japón.
Keiko me preguntó cómo había llegado el árbol hasta Villa del Río. No supe responder. Ella me explicó que los sófora tienen muchos nombres populares en Japón pero el más frecuente es el de “árbol del samurái”. Se trata de un árbol que vive varios siglos y cada primavera florece con intensidad aunque sea muy viejo. Por eso, los grandes guerreros pedían que se plantase un sófora junto a su tumba. Aunque también lo disfrutaban en vida, rodeando sus casas y hasta los caminos de acceso a sus castillos con sóforas.
Kioto fue la capital de Japón hasta 1868. Allí residía la Familia Imperial y toda la aristocracia guerrera. Por eso está llena de hermosos palacios, grandes jardines y sóforas por todas partes. Todo el que va a Kioto vuelve impresionado. Pero, para mí, lo más asombroso, es que las calles de Kioto, en mayo, tienen un aroma como la esquina de nuestro Jardín del Lirio. Y nadie sabe aún por qué.

CARLOS CHEVALLIER MARINA

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    • En el rincón interior de la esquina de los avenida de Los Lirios con la calle que comunica con el acceso a la piscina. Es decir, junto al kiosco Gurilandia.

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