Domingos en las aceñas

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Nunca entendí qué poderoso imán atraía a la chiquillería hacia Las Aceñas a mediodía de cada domingo. Poco después de salir de misa de 12, allí nos congregábamos multitud de chavales para no hacer nada en concreto. Y así, vestidos “de domingo”, nos encaramábamos a las gigantescas tuberías o incluso sobre los pétreos tejados del viejo molino árabe. A veces, incluso bajábamos hasta la orilla del río cuando llevaba poca corriente.

Con frecuencia fantaseábamos imaginando que el embarcadero del molino era un puerto fabuloso que comunicaba nuestra vieja aldea medieval con Córdoba. Y alguien solía añadir que por eso teníamos un castillo que controlaba ese tráfico de barcos, que suponíamos incesante.

Otras veces, alguien relataba historias truculentas sobre infinidad de ahogados en el bañadero que había sido hasta hacía poco el remanso de Las Aceñas. Es más, a ese remanso le llamábamos “paso” y a “Las Aceñas”, por corrupción fonética, “La Seña”. De manera que el lugar quedaba rebautizado como el “Paso La Seña”. Y el nuevo nombre, a su vez, alimentaba el mito de que las muchas “señas” grabadas sobre las viejas piedras del molino eran recuerdos de todos los fatídicos ahogamientos (aunque en realidad no fueran más que grafitis de la época)

Creo recordar, que efectivamente, un adulto me contó que en aquella zona de baño, hubo al menos un ahogado auténtico. Sin embargo, en nuestra imaginación infantil poblábamos el entorno con el alma en pena de muchísimos otros.

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También creíamos que siglos atrás, en época de aceituna o siega, el molinero viviría entre aquellas piedras con su familia y que hábiles barqueros conducirían balsas inmensas trasportando aceite y harina río abajo hacia la Córdoba califal. Atribuíamos una inmensa riqueza agrícola a nuestro pueblo en tiempos de los árabes. Razonábamos que si en nuestra época había una fábrica de harina y cuatro o cinco, de aceite, todas ellas con modernos molinos motorizados que no paraban ni de día  ni de noche ¡Cómo no serían las cosechas mil años antes! Y ¿cómo sacarían esos excedentes sino con una gran flota mercante?

Por eso, pensábamos, que hasta los piratas del Guadalquivir intentarían abordar las naves o las mismísimas Aceñas de nuestro pueblo. Así que, arrancando unas cuantas cañas de la orilla, improvisábamos unas espadas y defendíamos la posición.

Nuestros combates con cañizo eran especialmente épicos cuando las crecidas del Guadalquivir generaban la banda sonora de nuestra película: el ensordecedor fragor de las aguas de la corriente. Aunque en esas ocasiones, más bien nos dedicábamos a la observación asombrada de los troncos y objetos que arrastraban a toda velocidad las aguas embravecidas del río. Todo aquel material flotante cabalgaba sobre las olas que levantaban las crecidas. De ellas, se decía que nació la isla de Los Conejos. Actualmente es una “península” junto a Las Aceñas. Pero hace más de 40 años nos parecía fascinante que en aquel islote en mitad del río, surgido por el aluvión, crecieran álamos y todo tipo de vegetales. Y dicen que se llamó así, porque una pareja  de conejos que sobrevivió a una crecida del río alcanzó a isla, quedándose allí aislados y reproduciéndose sin control.

Entre esta y otras fantasías, la contemplación de nuestro paisaje de ribera y de nuestras vetustas piedras era la distracción principal antes de la comida del domingo. Por todo ello, ahora, casi medio siglo después, pienso que tuvimos mucha suerte de haber crecido en Villa del Río, a la orilla del milenario cauce del Guadalquivir.

Fotografías: Revista de Feria de 1998

5 Comments

  1. Alberto,Ayyyy!!! Cuántos recuerdos has traído a mi memoria!! Esa inmensa tubería del paso de las aceñas tenía también la atracción del” desafío ” que suponía atravesarla de punta a cabo , ya que ,en el primer tramo estaba la tubería a ras del suelo; pero a medida q avanzaban los intrépidos que se apuntaban a la excursión, el suelo desaparecía y las piernas empezaban a temblar, presas del vértigo!
    Por otra parte, ese sitio era una improvisada “playa”; en los días tórridos del verano tenia gran afluencia de chicos y mayores…
    También era “parque infantil ” ;cuántos juegos bajo los tubos ,a la sombrita !
    Viendo pasar los burros que llegaban con las alforjas llenas de escombros y las vaciaban allí , rellenando el terreno.
    Y podría seguir contando ya que yo viví en la casa ? número 8 de la calle San Roque; allí a dos pasos!

    Gracias ? Alberto, paisano , pir contar esta historia!
    Saludos

    • Me alegro mucho que te haya gustado Carmen, pero la historia es de nuestro amigo Carlos Chevallier, yo solo soy el administrador de la web que trabaja con Manuel en este gran proyecto. Seguro que Carlos se alegra mucho de tu comentario. Un saludo y buen fin de semana.

    • Gracias Carmen. Yo también bajaba a Las Aceñas con un vecino tuyo, Manolo Mantas que vivia frente a la fábrica de harina y era compañero del colegio durante toda la primaria.

    • Hola Carmen. Gracias por tu comentario. Yo también tenía buenos amigos que vivían en tu calle. En concreto, Manolo Mantas que era compañero de colegio y que por entonces vivía en el nº15, frente a la fábrica harina. Al recordarlo, me parece que añun oigo el ruido típico del traqueteo de la maquinaria y el olor al grano recién molido.

  2. Sí; claro que despiste Alberto!
    Discúlpame Carlos,! Bonita tu historia de las Aceñas entrañables de nuestro pueblo! Si que recuerdo a la familia Mantas.. vivía junto a ellos Josefita! Una modista q cosía muy bien; creo q era hija de Agustína, la del bar de la esquina!! Que recuerdos!
    Saludos cordiales! Sigue escribiendo, por favor!

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