“EL ZUMBA” Y LA VAINILLA AFRICANA

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Cada verano siento nostalgia de mi infancia. Es decir, de aquella época en que tenía largas vacaciones escolares y hasta “la calor andaluza” era un ansiado placer. Sobre todo, si la combatía con gazpacho, frutas locales, agua del botijo y el repertorio de heladería artesana de “El Zumba”.
El helado que más me gustaba era el de vainilla. Su sabor, aroma y el tono exacto de su color los llevo grabados en mi memoria. Supongo que influyó mucho que Ana, “la del helao” fuese mi vecina. Y que cada tarde, tras la hora de la siesta, Ana abriera la puerta falsa de su patio que daba a la calle Málaga y nos vendiera a los chiquillos del barrio, polos y helados recién hechos por ella, su marido y su hijo. Tenían allí unos artilugios que ocupaban más de la mitad de la superficie de aquel patio diminuto en las “Casas Nuevas”. En las tórridas madrugadas de agosto, escuchaba desde la ventana de mi dormitorio el canto de los grillos y el zumbido de esos aparatos.

Durante todo el verano, Ana y su familia vendían sus productos helados en la plaza de la Constitución. Era el kiosco “El Disloque”, según se leía en un espejo colgado tras la máquina de batidos. Pero todo el mundo le llamaba la heladería de “El Zumba”. Yo, a mis cuatro años pensaba que el mote se debía al runrún de sus frigoríficos del patio. Ese que escuchaba cada noche.

   (Kiosco de El Zumba. Plaza del Ayuntamiento. 1967)                  Foto: Archivo Municipal de Villa del Río

            Fui muy precoz en la escuela, y con cinco años yo leía ya bastante bien. Así que me lo leía todo, hasta el envoltorio de los helados que envasaba Ana. Por eso, yo bien sabía, que mi sabor favorito era la vainilla. Lo ponía en la composición. Sin embargo, no entendía qué significaba eso de “número de registro de Sanidad”. Y menos aún que, durante años y años apareciera siempre al lado de ese número, escrito entre paréntesis, “en trámite”.

Ahora me río. Y eso que no creo que Ana usase nada perjudicial para nuestra salud. De hecho, me infunden mucha más desconfianza los helados industriales de las grandes marcas de hoy en día. Entre otras cosas porque no he encontrado en ninguno de ellos el sabor a vainilla de mi infancia.

El verano pasado me lo propuse firmemente y recorrí Madrid,  por heladerías que se autotitulan artesanas ¡Y nada! ¡Ni parecido siquiera!

Hace 50 años la vainilla sintética era más cara que la natural

Antes de volverme obeso o diabético de tanto helado como probé, me documenté un poco y descubrí por qué eran tan sabrosos los helados de vainilla de “El Zumba” y por qué ahora no encontraba nada igual. Indagando  sobre documentos históricos de producciones agrícolas, descubrí que a finales de los años 60 se registró en el mundo una superproducción de vainilla. La mayoría, procedía de África, con precios por los suelos y excedentes de una calidad superior.  Así que mucha de aquella vainilla africana de categoría extra, entraba en Europa por los puertos andaluces. El resto ya es fácil de imaginar: Villa del Río se benefició una vez más de estar en la ruta hacia Madrid. Y yo, de ser el vecino de “El Zumba”.

1 Comment

  1. Carlos me gusta mucho tu posts! Y me gustaban con delirio los helados; los de vainilla y todos… pero es verdad que ese aroma a vainilla era extraordinario!.
    Un saludo

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