Isabel Agüera

Relato de Isabel Agüera

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Hoy, queridos paisanos, al abordar el tema de personajes que por alguna razón fueron populares en años de mi infancia, quiero empezar por recordar, con autentico cariño y total respeto a Anita. ¿Quién de mi generación no la recuerda? Sí, aquella mujer, disminuida psíquica, de ojos azulones que veían pero no miraban como si siempre estuviesen perdidos en sueños blancos que en su mente pequeñita traducía en legendarias historias.

Parece que la veo siempre sería, ausente, recorriendo las calles provocando respetuosas sonrisas que contribuían a que su vida tuviera sentido al ser requerida e interrogada por unos y otros que ponían en sus manos papeles en blanco para que leyera supuestas cartas que iban desde el amor destinadas a un legendario personaje creado por su mente, hasta el mismísimo Generalísimo Franco, su hija y señora con los que decía tener muy buena relación. hasta el punto de creer, un día, que una avioneta la recogería para llevarla al Pardo.

Siempre he sentido especial sensibilidad por todo tipo de marginados, pero siempre he defendido también cómo en los pueblos eran queridos y tenidos en consideración. Así Anita estaba presente en bodas, bautizos, comuniones, eventos de cualquier tipo y todo el mundo la respetaba.

Recuerdo un día, y no lo olvidaré nunca, que sentada en el bordillo de la puerta de mi casa con una muñeca de trapo que yo misma me había hecho, pasó Anita, como siempre, sería, rígida y ausente. No obstante, se detuvo junto a mí y mirando mi muñeca exclamó con la voz gorda que la caracterizaba: yo no tengo muñecas, pero Carmencita, la hija del Generalísimo, me va a regalar una. Se quedó, como era, inexpresiva, con sus azulones y perdidos ojos, clavados, no obstante, en mi muñeca. Dudé por unos minutos en los que las dos guardamos silencio: yo sin saber qué hacer, y ella como en espera de algo. Al fin, casi por compromiso, le pregunté: ¿la quieres? Sin mediar más palabras, alargo sus brazos y me la cogió de las manos. Se alejó con un suave balanceo y acunándola junto a ella.

Cuando alguna vez le pregunté por la muñeca, siempre repetía: está durmiendo. Dejé de verla cuando empecé a estudiar en un internado de Córdoba, pero hoy, al recordarla, al darla a conocer a los más jóvenes, os digo que si ser normal es crear, construir y cantar, voy a intentar hacer todo esto, al menos por una vez, pero tú, Anita que esperabas respuestas del Pardo, que leías papeles en blanco, que, con amor maternal, acunabas muñecas de trapo, tú hoy, y los que son como tú, siempre seréis para mí, genio, talento y canción.

¡Estés donde estés, va por ti, Anita! ¡No tengas miedo! Tú no estás en la fe de erratas de la vida, ni eres una tara en el maravilloso concierto de la creación, tú, como el blanco y el negro, como el dulce y el salado… eres la otra cara de la moneda, el gran acierto de la contradicción. Sonríe, pues, la gente de nuestro pueblo, gente de bien, sencilla, cariñosa, buena gente y saben también de niños que, como tú, serán eternamente felices porque nacieron y morirán eternamente niños.

Y aquí, en la ribera de nuestro pueblo, te busco, te espero y te veo. Sí, la del Banco.

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