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JOSAMPER, EL HOMBRE QUE REVOLUCIONÓ LA ECONOMÍA EN VILLA DEL RIO Y SU COMARCA

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Muy buenas a todos amigos de Villarrenses Somos. Este artículo que subimos hoy a la web es una transcripción que nuestra amiga Mari Agüera, con permiso de su autor, esta haciendo del libro de Josamper, para que aquellos que no saben de el conozcan mejor a este gran personaje. Pionero líder, marcó un antes y un despues en la economía de nuestro pueblo y sus alrededores.  Estas transcripciones del libro original las iremos subiendo poco a poco, conforme Mari Agüera lo vaya haciendo en el grupo. Esperamos que lo disfrutéis y desde aquí nuestro más sincero agradecimiento a Mari por todo este trabajo.

“EL CARPINTERO FENIX ” de Manuel Sánchez.

PROLOGO

Según cuenta una leyenda, el Ave Fénix vivía en el paraíso junto a Adán, Eva y el resto de los animales. Aparte de los humanos, el Fénix era el único habitante que tampoco cogía frutos del árbol prohibido. Pero el destino le tenía reservada una dolorosa jugada.

Cuando el primer hombre y su compañera fueron expulsados del paraíso, de la espada llameante del ángel que custodiaba la entrada escapó una chispa que acabó prendiendo fuego al nido del Fénix, matando al ave que
dormía en él ajena a lo que sucedía a su alrededor. Según cuenta esta versión de la historia, los ángeles, para compensar al Fénix que de nada era culpable, consiguieron revivirlo concediéndole eternamente el don de renacer de sus cenizas. Cuenta el mito -primero griego, después romano y más tarde cristiano- que desde entonces, cuando al Ave Fénix le llega la hora de morir, hace un nido con hierbas aromáticas y especias, y deposita en él un único huevo. Dicen que allí permanece aguardando su muerte y que al anochecer del día señalado, el pájaro arde quemándose por completo y quedando reducido a cenizas. Pero gracias al calor de aquella masa gris y tibia, al amanecer se rompe el cascarón y surge el mismo Fénix, más joven y fuerte, único y eterno.

La historia de mi padre tiene similitudes con la leyenda del Ave Fénix. Fue una persona autodidacta, hombre con gran decisión, muy emprendedor y siempre optimista; por tres veces volvió a resurgir de sus cenizas como empresario.

PROLOGO 2

Manuel y Ascensión eran mis abuelos paternos. El padre de mi abuela tenía una pequeña carpintería en la que hacía sillas con los asientos de anea, una planta acuática emergente que crece en pantanos, acequias y estanques y convenció a mi abuelo para que aprendiese el oficio asegurándole que ese conocimiento le podría ser muy útil en caso de necesidad económica.

Mi padre fue el segundo hijo, nació en Almedinilla, Córdoba, el 11 de Marzo de 1935. Cuando tenía unos tres años la familia se mudó a vivir a un cortijo en Bujalance, Córdoba, porque mi abuelo había encontrado allí trabajo
como encargado. Me contaba, cómo había trabajado desde que era muy niño. Su madre había tenido nueve hijos de los que sólo sobrevivieron cuatro; en el último parto quedó enferma durante un tiempo, por las dificultades que se le presentaron en el mismo y mi padre, que aún era un niño, tuvo que hacerse cargo de muchas de las tareas de la casa, así como de cuidar de sus hermanas pequeñas, y de su madre enferma, puesto que su hermano mayor y su padre estaban todo el día fuera trabajando, en lo que encontraban , para sustentar a la familia. Tuvo una infancia muy ajetreada, tenía que salir todos los días al campo en busca de leña, desplazarse varios kilómetros para ir al pueblo más cercano a comprar pan y alimentos, cuidar de los animales que mi abuelo criaba en un
corral, etc. Estando en la cola para comprar el pan veía por allí cerca niños jugando y recordaba lo mal que lo pasaba mirándolos ya que él no podía permitírselo, tenía obligaciones.  Así que reprimía sus ganas de jugar y seguía con sus responsabilidades.

En una ocasión, cuando estaba una tarde cuidando de los cerdos, se cayó en el barrizal del corral y nos contaba el miedo que pasó en aquel momento ya que un cerdo empezó a zarandearlo, arrancándole la ropa a mordiscos y
recordaba que se pudo librar de que el animal lo matase gracias a que su hermano, que era cuatro años mayor que él, volvía a casa en aquel momento y acudió rápido al lugar al oír sus gritos de socorro.

Con lo básico de lo que había aprendido sobre carpintería y como sobre tarea para ganar algo más al terminar las labores del campo, en algunas ocasiones, mi abuelo se desplazaba con sus hijos a los pueblos, cortijos y
caseríos colindantes, para hacer reparaciones de los asientos de anea de las sillas.

José Sánchez Pérez, JOSAMPER, mi padre. Aprendió así el oficio de Carpintero. Llegó a ser uno de los empresarios del mueble más importantes de su tiempo. Esta es su historia y las lecciones sobre la vida y la gestión de los negocios, que aprendí de él a través de los desafíos y vivencias , que le sucedieron, de su forma de solventarlos con mucha creatividad, fuerza de voluntad y poniéndole mucha pasión a su trabajo.

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INTRODUCION

“Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino”
(Mahatma Gandhi)

A principios de Febrero de 1955, dos días antes de la fiesta de ‘‘La Candelaria’’, mi abuelo y su familia se establecieron en Villa del Río, en una pequeña casa que alquiló al ayuntamiento; se había enterado de que en este pueblo se estaba construyendo un cine de verano y se fueron a vivir allí en busca de trabajo. En aquel tiempo, D. José Martínez Alcalá era dueño del único taller de carpintería que fabricaba sillas con el asiento de anea en el pueblo; mi padre fue a pedirle trabajo y lo contrataron. Cuando llevaba varios meses trabajando allí, se despidió de ese empleo y en el patio trasero de su casa, él, su padre y sus hermanos empezaron a realizar tareas de reparaciones y fabricación de sillas , con el asiento de anea.

Cualquier pasión puede convertirse en tu forma de vida: tan solo tienes que dar con la manera de convertir tu pasión en tu trabajo. Mi padre siempre fue una persona muy mañosa y creativa. Hasta que tuvieron dinero para comprar , las herramientas y máquinas, apropiadas se las ingeniaba para hacer los palillos de las sillas, con un artefacto que, se construyó, calentando al rojo vivo la punta de un hierro, lo fue aplicando a una tabla de madera, hasta que consiguió hacerle un agujero. Se colgaba al cuello dicha tabla, quedándole a la altura del estómago, mediante unas anchas gomas recortadas de la recámara de una rueda. En el agujero metía el trozo de madera que tenía que tornear y a base de cuchilla y cepillo de carpintero le daba la forma apropiada pata, palillo, etc.
Para la parte de la silla donde fuese a ir dicha pieza. Enseñó a mi madre, entonces sólo era su novia, a confeccionar asientos de anea y la colocó a trabajar en el taller.

No había pasado mucho tiempo desde el inicio del pequeño negocio cuando, llegaron a un acuerdo con el Sr. Juan Pérez, dueño de los cines del pueblo, para hacerle todas las sillas del nuevo cine de verano que estaban construyendo.  Por aquella época aún no se fabricaban a gran escala muebles tapizados y con las salas de cine, mi abuelo y sus hijos tuvieron bastante.

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Trabajo durante un tiempo, sobre todo con los cines de verano, que era donde principalmente se usaban el tipo de sillas que ellos hacían. Además de las reparaciones de sillas, también las fabricaban para venderlas en tiendas de muebles y a particulares. Mi abuelo y sus dos hijos, de vez en cuando, se iban en autobús o en algún camión que los trasladase, a los pueblos de alrededor, llevando consigo algunas de las sillas que hacían. Las mostraban a los interesados y cuando conseguían algún pedido, una vez preparado, era el propio cliente el que venía con un vehículo y las recogía, en el pequeño taller.

María, mi abuela materna, tenía dos hijas y pasó por el trance de morírsele una a los catorce años, enferma de meningitis, porque no tenía medios, ni facilidad para acceder a la medicina apropiada. Eran los años de la postguerra civil y en el país reinaba una pobreza generalizada. Mi madre contaba con pena la dolorosa vivencia que el destino le tenía preparada a mi abuela. Cuando un día se llevó en tren a su hija enferma a Córdoba, donde le habían dicho que un médico tenía una posible cura, pero por desgracia el médico le dijo que la enfermedad ya estaba muy avanzada y no había remedio. En el tren de vuelta a casa su hija se murió y mi abuela, sacando fuerzas de flaqueza, se calló su inmensa pena y aguantó como pudo hasta llegar a la estación de su pueblo, porque si daba rienda suelta al gran dolor que sentía en ese momento poniéndose a llorar, que era lo que el cuerpo y el alma le pedían, y alguien se percatase de que tenía abrazada a su hija muerta, temía que las hiciesen bajar en cualquier estación y ya no tuviese medios para llegar a su pueblo y enterrar allí a su hija. Así que se tragó su pena y cuando el tren paró, en la estación de su pueblo, al verla que se ponía en pie, y cogía en brazos a la joven le preguntaron , que si le pasaba algo a lo que contestó que, debido al traqueteo del viaje su hija se había mareado y no podía caminar. De esta forma tan trágica mi madre quedó como hija única.

En Septiembre de 1960 mis padres se casaron y como no tenían dinero suficiente para comprar una vivienda propia, mi abuela pidió un préstamo al banco y con ese dinero les acondicionó una en la planta alta de su casa.

CAPITULO 1

“Las personas que piensan en pequeño no consiguen las grandes metas. Si quieres ser una persona de éxito, piensa en grande primero”. (Robert T. Kiyosaki)

Mi padre era una persona muy activa, muy trabajador, y cuando , terminaba su jornada en la carpintería de su familia, se llevaba sus herramientas a casa y allí, en el pequeño patio, seguía haciendo trabajos por su cuenta. Hasta bien entrada la noche, para así poder ganar un dinero extra y algún día llegar a independizarse.

“Pasion es la llama que te permitirá trabajar y disfrutar cuando lo haces, mientras que otros descansan”. Trabajaba día y noche, teniendo como meta el poder conseguir un mejor nivel de vida para su familia. El refrán de ‘‘no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy’’ el se lo aplicaba de la siguiente forma: ‘‘lo de mañana lo haces hoy, lo de pasado mañana lo haces esta noche y así, le sacas al día de dieciocho a veinte horas de trabajo’’.

“El Tiempo es nuestro activo más valioso. Enamórate de lo que haces. Disponemos de un tiempo limitado, desconocemos cuanto, por tanto es, necesario vivir con pasión y calidad cada minuto” (Aitor Zárate).

En Junio del siguiente año, nací yo. Como mis abuelos maternos trabajaban en el campo, mi madre no tenía quien me cuidase. Mientras ella trabajaba en la carpintería, confeccionando asientos para las sillas, así que me llevaba consigo y allí me ponía en un pequeño parquecito de madera forrada con telas, que mi padre me había construido.

CAPITULO 2

Como fui el primer nieto para los abuelos, y primer sobrino para mis tías, se armaba un alboroto tremendo, porque todo el mundo quería cogerme y estar conmigo y ya no se atendía al trabajo, cosa que mi abuelo aprovechaba para poner orden y llevárseme consigo fuera del taller, para así disfrutar él solo de su nieto.

Me sonrío al recordar las muchas anécdotas que me contaba mi abuelo Manuel, hay varias que quedaron grabadas en mi memoria, por cómo me impresionaron.

  • Sus vivencias en el norte de África, donde estuvo tres años. Recuerdo la impresión que me causaba, cuando pronunciaba los números, en lo que él entendía que era “el lenguaje de los moros”: wuaje, yu, treta, jamisa, jamilion, sehtáh, sebáh, etc, para referirse al uno, dos, tres, cuatro…
  • Era un fumador empedernido, en aquellos tiempos aún no seconocían bien los perjuicios que ocasiona el tabaco. Aunque yo era un niño, le recriminaba de vez en cuando que porqué siempre tenía un cigarro encendido. Mi padre no fumaba y el ver hacerlo a mi abuelo no me gustaba, yo le quería mucho y pensaba que eso de tragarse el humo de un ‘‘palito que se quemaba’’ eso es lo que me parecía un cigarro y puede que no fuese nada bueno, como después se ha demostrado. Él se jactaba, de que fumaba desde que era casi un bebé, decía que se acordaba de que su padre se lo llevaba al campo, y lo sentaba debajo de un árbol, mientras hacía su faena y algunas veces, para no desperdiciar el cigarro que en ese momento se estuviese fumando, se lo ponía a mi abuelo en la boca.

En aquel tiempo, a la moneda de diez céntimos de peseta, se le llamaba ‘‘una perragorda’’. Esto se debía a que en el reverso mostraba el dibujo de un león, sujetando el escudo de España, y como la mayoría de las personas no sabían lo que era un león pensaban que esa figura era la de un perro hembra algo gruesa, de ahí que se le conocía como ‘‘una perragorda’’. Mi abuelo contaba, que cuando él era niño, su madre le daba una de esas monedas, para que le fuese a la compra, y que después de pagar con esos diez céntimos la comida y el pan, aún le sobraba para comprarse un paquete de tabaco todos los días.

Siempre iba muy bien vestido, con chaqueta, corbata y un sombrero cordobés , que junto con el siempre presente cigarro en la mano, era parte de su imagen. Pero más que por fumar, ahora creo que sería porque puede que le proporcionase, alguna especie de tranquilidad, o relajación el tener un cigarro encendido entre los dedos, ya que no recuerdo verlo dando caladas cada poco, como hacen los que fuman, pero si lo recuerdo con las manos cogidas por detrás de la espalda, y el cigarro entre los dedos. Los nietos algunas veces, nos quedábamos mirándolo por detrás, sin decirle nada, porque el cigarro se le consumía en esa postura, y cuando ya casi le quedaba la colilla, estábamos a la expectativa, para reírnos viéndole dar un respingo, al quemarle la piel de los dedos.

  • Y el recuerdo que más gracia me hace es el de la tarde del 21 de Julio de 1969, cuando estaban nuevamente retransmitiendo en televisión la llegada de Neil Armstrong a la luna , y el primer paseo lunar de un ser humano. Ese día yo me había ido a su casa a cenar, y seria poco después de las nueve ,cuando salió la noticia. Mi abuelo al ver esas imágenes de la televisión, dijo: ‘‘eso es mentira, cómo va a ir nadie a la luna, esas dunas de arena que se ven, te aseguro que son las de un desierto, que yo conozco perfectamente esos paisajes’’.

El Deseo es el punto inicial de todo logro. Es el primer paso hacia la riqueza” (Napoleón Hill).

Pocos meses después de mi primer cumpleaños, el trabajo en el pueblo y alrededores empezó a escasear y mi padre y su hermano decidieron independizarse. Mi tío se trasladó a El Carpio, Córdoba, donde intentó poner en marcha una pequeña carpintería y mi padre, mi madre y yo nos fuimos a vivir a Pozoblanco, Córdoba. Allí hizo amistad con el único carpintero que había. Este señor, se convirtió en un buen amigo para ellos, les buscó un alojamiento gratis, en lo que quedaba de un edificio abandonado, que había sido cuartel de la Guardia Civil y le dejaba usar las máquinas de su carpintería por las noches, cuando él había terminado la jornada.

Mi padre cortaba allí, las piezas de madera de las sillas y luego, ya en su vivienda, las terminaba de ensamblar, trabajando día y noche. Al verles con un bebé ,y sin muchos medios económicos, algunos días la esposa del carpintero, les traía comida a medio día, para ayudarles a salir adelante, en sus inicios. Mi padre les había causado una muy buena impresión, cuando vieron lo bien que trabajaba y lo mañoso que era en su desempeño. Unos meses después de vivir en aquel pueblo, el hermano de mi padre, ante el fallido intento que hizo de iniciar un negocio en otro pueblo, se vino también a Pozoblanco.

Poco después nació mi hermano Pedro. Mi abuela y mi madre se añoraban mucho y poco antes del parto mi abuela nos vino a visitar a aquel pueblo para ayudar en ese desenlace. Allí se hizo el firme propósito de conseguir que su hija y familia  se volviesen a vivir a su pueblo.

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CAPITULO 3

Allí se hizo el firme propósito de conseguir que su hija y familia se volviesen a vivir a su pueblo. A eso también contribuyó mi abuelo Manuel. Todas las semanas telefoneaba a su hijo José para pedirle que regresase, porque al no estar con él mi padre, que era el más activo y desenvuelto de los hijos y que apenas había trabajo, la carpintería ya no le generaba dinero suficiente para subsistir.

Le dijo que estaba muy endeudado y que si no se volvía con él a trabajar tendría que cerrar el taller e irse a trabajar al campo. A base de insistir durante un tiempo, mi padre terminó claudicando y se volvieron a su pueblo dejándole a su hermano la continuación del negocio en Pozoblanco que habían conseguido niciar.

Sin embargo, desde su regreso, las relaciones con mi abuelo Manuel fueron muy tirantes. En poco tiempo mi abuelo había contraído muchas deudas con su negocio, y como apenas tenía ventas, no encontraba la forma de cancelarlas con su actividad. Las ideas de ambos, era muy diferentes respecto al negocio, y continuamente discutían por ello.

“Hay muchas formas de hacerse rico… pero sólo hay unas cuantas razones personales, por las que tú quieres hacerte rico. Encuentra tu ‘‘porqué’’ y entonces encontrarás tu ‘‘cómo’’. A la hora de iniciar un negocio o inversión, no se trata de cómo hacerlo para triunfar. Se trata de por qué… Sin el ‘‘porque’’, el ’’cómo’’ suele ser imposible. Es el ‘‘porque’’ el que da el poder para hacer el ‘‘cómo’’ (Robert T. Kiyosaki).

Mi padre tenía una meta muy clara: quería ampliar la carpintería comprar más máquinas, para hacer un producto novedoso, buscar nuevos clientes, había encontrado sus ‘‘porque’’. El más importante era, el de convertirse en un emprendedor de éxito, porque así podría darle a su familia una vida mejor, que la que él había tenido, evitaría así que sus hijos tuviesen una infancia tan desdichada como había sido la suya. Sabía por qué iba a hacerlo, quería ser independiente, quería triunfar en los negocios y esto le proporcionó el ‘‘cómo’’ para conseguirlo.

Viendo el mal ambiente, que mi padre y mi abuelo tenían en su trabajo, y lo limitado del espacio que utilizaba en el patio de la casa, para trabajar por las noches, un día mi abuela María le dijo: “José, vende mi casa, y utiliza ese dinero, para comprar otra, donde tengas más espacio en el que realizar mejor tu labor”.

Al poco la vendió, por 120.000 pesetas y compró por 80.000, una vieja casa, que estaba un poco abandonada, pero más grande y con un amplio patio trasero. El dinero restante lo empleó en hacer las reformas que necesitaba la casa y en comprar una máquina serradora de cinta de sobremesa de 65 cm de volante  que instaló en el patio trasero.

“Sigue a tu Intuición. Nunca hagas lo que hace la mayoría, salvo que coincida con lo que dice tu intuición” (Aitor Zárate).

Con este básico taller, y mucha ilusión, inició su primera fábrica de muebles: Tapizados ‘‘JOSAMPER”

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CAPITULO 4

Con este básico taller y mucha ilusión, inició su primera fábrica de muebles y tapizados ‘‘JOSAMPER”.

Contrató unos cuantos trabajadores y se lanzó a fabricar sillas en serie, tapizadas de escay (material sintético que imita el cuero) repartiéndolas él mismo con su Citroën Asca por toda Andalucía.

“Algunas FORTALEZAS comunes en PERSONAS EXITOSAS en los negocios y las inversiones son:

  • Visión: la capacidad de ver lo que otros no ven.
  • Coraje: la capacidad de actuar a pesar del miedo.
  • Creatividad: la capacidad de pensar de forma única.
  • Autoconfianza: la capacidad de soportar las críticas.
  • Autocontrol: la capacidad de retrasar la recompensa.

Mi padre, decidió coger el tren rápido hacia el éxito, poniendo mucho coraje y creatividad para conseguirlo, y tuvo la autoconfianza en sí mismo y el autocontrol necesario, para crear desde cero una gran empresa. Identificó el inicio de una tendencia y brindó una solución, empezando a fabricar un producto novedoso en aquellos tiempos en lugar de hacer más de lo mismo, como hacían la mayoría de pequeños talleres de carpintería, y eso fue lo que le catapultó a triunfar como empresario.

Como en el pueblo no se sabía tapizar, sólo había un taller de sillas con el asiento de anea. Recurrió a un tapicero profesional que vivía en Fuentes de Andalucía, Sevilla. El Sr. Antonio Lamela, al que convenció para que formase parte de su equipo y lo puso al cargo de la pequeña fábrica. Eran tiempos difíciles, con una sociedad carente de casi todo, y en la que apenas si había personas cualificadas, ni materia prima para atender la demanda, cada vez más creciente de muebles tapizados. Pero esto, no le impidió avanzar y crear una gran empresa, que sirvió como base para la masa industrial, con la que llegó a contar Villa del Río.

Un día, cuando yo tenía tres años, sufrí un grave accidente, que casi me cuesta la vida. Estaba con mi abuelo Manuel, en la planta alta de la casa y jugando le cogí su sombrero cordobés, me lo puse y al ir a bajar la escalera se me movió tapándome los ojos y me caí rodando por ella. Mi madre acudió rápido, ante los gritos de una de las trabajadoras que me vio caer; me llevó corriendo al médico del pueblo, que me hizo una cura de urgencia y le indicó que me llevase rápidamente al Dr. D. Manuel Ávila, un especialista de niños que vivía a 25 km. de allí, en Andújar, Jaén.

Mi padre no estaba en casa. Llevaba varios días en Pamplona, buscando proveedores para comprar maderas y máquinas, así que mi madre me cogió de nuevo en brazos, salió corriendo buscando cómo llegar a ese pueblo y un camionero que se encontró estacionado cerca de allí nos llevó. Al llegar, le preguntó a una señora, donde estaba la consulta de doctor Ávila, y ésta, al verla tan nerviosa y desesperada, la acompañó hasta el lugar. Éste doctor me vio tan grave que indicó a mi madre que me tenía que llevar lo más rápido posible a Córdoba, a la consulta del Dr. Castilla del Pino en el Hospital Santo Ángel y le entregase el informe que le había preparado. Mi madre, como había salido de casa corriendo conmigo en brazos, en busca de un médico, no había cogido dinero ni nada, a lo que este doctor, viéndola tan apurada y que era un caso a tratar de forma urgente, la llevó hasta la estación de tren y le compró el billete para Córdoba.

Estuve hospitalizado un tiempo, y cuando el médico me dio el alta le indicó a mis padres que tendrían que traerme de nuevo pasados unos meses para tratarme del estrabismo que se me había formado en el ojo derecho. Recuerdo que, durante tiempo llevé unas gafas, con una especie de tapón negro de goma, pegado en el cristal del ojo izquierdo, que lo cubría totalmente, para que no viese nada con él y así forzar a mi ojo derecho, para ver si así mejoraba la poca visión que tenía, y se corregía el estrabismo.

Cuándo hacía calor era incomodísimo, el ojo me sudaba debajo de ese tapón de goma, y después de un tiempo con este artefacto, y ver que no había resultados satisfactorios, me empezaron a dar otro tratamiento; tuve que estar yendo, todos los días, durante muchos meses al hospital de Córdoba, donde intentaban corregirme el problema del ojo, mediante unos ejercicios visuales.

Mi abuelo Manuel, al ver la situación tan agobiante para mis padres, de continuas idas y venidas diarias, se ofreció a llevarme él todos los días. Nos íbamos, por la mañana temprano en el tren y volvíamos a medio día con el cosario del pueblo, el Sr. Manuel Pérez que con su vehículo tenía, un servicio diario de paquetería y pasajeros a Córdoba, y cuyo horario para regresar era más cómodo, que el esperar al siguiente tren, que volviese al pueblo por la tarde.

En estos viajes de tren, mi abuelo me contaba historias de su juventud, y me enseñó a leer las horas en el reloj. Nos lo pasábamos muy bien juntos. Cuando terminaba mi tratamiento diario en el hospital, nos íbamos al parque de las palomas, en el centro de la ciudad, y allí esperábamos, hasta la hora de volver a casa con el cosario. Mi abuelo me compraba un paquete de semillas, y yo me lo pasaba fenomenal rodeado de palomas, muchas, muchísimas, y viendo como incluso acudían a comer a mi mano.

Después de tanto ir y venir, al final tampoco funcionó el tratamiento y tuvieron que operarme para corregir la desviación de mi ojo derecho. Éste fue la primera de las varias vicisitudes que la vida le tenía reservado a mi padre.

“Invertir para crecer. Muchos inversores, y personas que deciden iniciar un negocio, suelen hacerlo, sobre algo que esté de moda, algo que el público ya consume, porque lleva tiempo en el mercado, y por tanto ya se conoce, que ese tipo de negocios tienen cierta rentabilidad. Pero no son conscientes, de que los que realmente han ganado mucho dinero, han sido, los que supieron ver el negocio, en el inicio de la tendencia, y se arriesgaron a invertir en ello”. Es, lo que en las inversiones en la Bolsa, André Kostolany llama ‘‘la técnica del huevo’’ en su libro ‘‘El fabuloso mundo del dinero y la Bolsa’’: en una inversión acciones, pero igualmente negocios, etc, hay que entrar en la parte de abajo de la tendencia, y salirse antes, de que llegue arriba y se dé la vuelta”.

Mi padre fue un visionario, que se arriesgó a invertir en un negocio, cuya tendencia se estaba iniciando en aquel tiempo. Justo en el momento, en que la demanda de muebles tapizados, estaba empezando a expandirse, se subió a la ola en el inicio de la misma , y eso le permitió triunfar, y ganar mucho dinero.

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CAPITULO 5

En 1968 la fábrica se le había quedado pequeña para tantos pedidos como tenía, así que decidió reinvertir lo que llevaba ganado, para ampliar el negocio, y compró por diez millones de pesetas la casa que, D. Juan Pérez tenía, junto a sus salas de cine. Nuestra nueva casa era muy grande, en la parte trasera tenía grandes patios con cocheras y establos que fueron reformados y convertidos en una  moderna fábrica de muebles tapizados. En la parte baja, de la casa, instaló las oficinas, y una gran tienda de muebles. Los fines de semana había mucha gente comprando. Venían personas de toda Andalucía, a comprarse muebles a casa JOSAMPER. Era tan buen vendedor que incluso, con el consiguiente disgusto de mi madre, vendía a veces alguno de los dormitorios, u otros muebles de los que teníamos en casa, a donde subía con algún cliente indeciso, para que viese insitu como quedaba decorado, un dormitorio u otra habitación concreta que el cliente tuviese interés en amueblar.

“Vender es la habilidad más importante en un negocio, y en la vida, puesto que aún, en el caso de que no trabajes en tu propio  negocio, y lo hagas para otra persona, estarías vendiendo tu tiempo, que es el activo más valioso que tenemos a cambio de un salario,  y por tanto, tienes que saber venderte lo mejor posible, para obtener a cambio, el máximo de beneficios.”

Mis abuelos maternos, Pedro y María, eran personas muy sencillas y entregadas a su familia. Estaban acostumbrados a que su vida fuese un continuo sacrificio. Salvador, el padre de mi abuela, vendía frutas en un puesto en el mercado de Montoro, Córdoba. Se levantaba mucho antes del amanecer y se iba andando, junto con su burro, a Cañete de las Torres, pueblo que dista unos veinte kilómetros, para comprar toda la fruta que podía transportar el animal, y luego se desplazaba desde allí a Montoro, a unos veintitrés kilómetros, donde tenía un puesto de venta. Ponía a la vista toda la mercancía y cuando terminaba la jornada, recogía sus cosas y volvía a su pueblo, otros once kilómetros.

Un día el burro llegó solo al mercado, y se paró delante de su puesto de venta, como hacía el animal rutinariamente cada jornada. Como pasaba el tiempo, y los vendedores de los puestos contiguos veían que Salvador no venía a descargar la fruta y atender a los clientes, algunos, temiendo que le hubiese sucedido algo, fueron a buscarlo, por el camino que normalmente hacía todos los días, y a poca distancia del pueblo se lo encontraron muerto. El hombre había fallecido cuando se dirigía al mercado, y el burro había seguido andando en su ruta diaria. Eran personas acostumbradas a trabajar duro, para subsistir como podían, y había veces que, como decía mi abuela: ‘‘pasaban más que las piedras’’ refiriéndose a las muchas penurias que soportaban.

Como mis abuelos, habían vendido su casa para ayudar a mi padre a iniciar su empresa, desde que alcanza mi memoria, siempre habían vivido con nosotros. Mi abuela fue casi como una madre, siempre estaba en casa y nos cuidaba y atendía ,ya que mis padres pasaban mucho tiempo viajando, visitando clientes y proveedores. Tengo muchos recuerdos, muy entrañables de mi abuela María. En invierno, cuando algún día había tormenta, era muy normal que hubiese ratos en los que no llegaba el suministro eléctrico al pueblo. Mis hermanos y yo nos reuníamos junto a la mesa del comedor, ella encendía unas velas para iluminar, y nos contaba historias de cuando era joven, y de las penurias que pasaba durante los años de hambre en que vivió el país.

Contaba por ejemplo, como en una época en la que apenas tenían para comer, hervían algunas hierbas para hacer sopa, con la que tomar algo caliente, o con un poco de aceite, que alguien le daba para freír las cascaras de naranja, porque no tenía otra cosa ,y por eso, a pesar de que ella guisaba muy bien, cuando alguno nos quejábamos de que no nos gustaba alguna de las comidas que preparaba, siempre nos lo recriminaba diciendo: “tendríais que haber vivido, en los años del hambre, entonces hubierais dejado el plato ‘‘lamío”.

También le gustaba narrar, alguna historia de miedo, quizás para tenernos sentados sin armar alboroto, mientras pasaba la tormenta. Contaba que cuando era joven, el patio trasero de su casa daba al campo, y que algunas noches se oía algún lobo merodeando por los alrededores de su casa, rascando la puerta, intentando acceder al corral , que a ella siempre le gustaba tener con gallinas, conejos, palomas, etc. Ella se asomaba a la ventana haciendo ruido para ahuyentarlo, y veía como brillaban en la oscuridad, los ojos del lobo al mirar hacia la casa.  Claro! , cuando yo me acostaba, esa noche pasaba un miedo terrible, pensando que un lobo iba a entrar, a mi dormitorio a comerme. Cada vez que me despertaba, me parecía ver unos ojos brillantes cerca de mí,mirándome.

El Refranero Español, eso parecía mi abuela. Siempre que algún suceso venia al caso, ella decía un refrán al respecto de ese asunto. Me gustaban mucho esas frases, tanto que empecé a anotarlas en una libreta para memorizarlas. Siempre me ha gustado mucho la lectura. Los veranos, cuando venían al pueblo familiares de mi abuelo Pedro, que vivían en Barcelona, alguno me traía de regalo un libro. Otras veces cuando mi padre viajaba a Córdoba, me iba con él, y en la librería Luque, de la calle Cruz Conde, me gastaba lo poco que tenía ahorrado, en algún libro que me interesase.

Una vez que visitó la fábrica un proveedor de Pinto, Madrid, el Sr.Quintanilla, al que mi padre le compraba toda la goma espuma para el relleno de los tapizados, lo invitó a comer a casa con la familia, y en la conversación, comenté la colección de refranes que estaba haciendo en mi libreta. En una posterior visita, que este señor nos hizo, me trajo de regalo el libro: ‘‘El Refranero Español’’. En mis visitas a la librería de Córdoba no se me había ocurrido nunca preguntar si existía un libro así, yo pensaba que esas frases eran cosa de mi abuela, que se las inventaba. Me hizo tanta ilusión aquel regalo que, para que no se me estropease, lo forré con un plástico transparente que usaban en la fábrica, para envolver los muebles antes de cargarlos, en los camiones para repartirlos a los clientes.

Mi abuela, se sentaba por las tardes junto a la mesa del comedor, frente a la chimenea, y se ponía a hacer ganchillo, confeccionando colchas que decía ella que eran para el ajuar de sus nietas. Ese era su entretenimiento, en los pocos ratos que estaba ociosa. Yo le ayudaba algunas veces a deshacer la madeja de hilo y formar un ovillo, del que luego iba cogiendo para confeccionar el tejido, tenía tal rapidez moviendo las agujas de ganchillo, que en lugar de unas manos, parecía una máquina de coser.

Me sentaba a estudiar frente a ella, y algunas veces se quedaba escuchándome con interés, cuando yo repasaba en voz alta alguna lección; ella tenía algunas inquietudes por aprender. De vez en cuando me dictaba una carta para su familia de Barcelona, y así un día me dijo que, quería que yo le enseñase a leer y escribir. Quería aprender, pero como casi siempre estaba ocupada, con las labores de la casa, lo máximo que llegó a conseguir fue a escribir su nombre y poco más.

Además de la lectura, me gustaba mucho la química, y en general todo lo relacionado con las ciencias naturales, así como coleccionar todo tipo de cosas raras, y menos raras: sellos, monedas y billetes antiguos, fósiles, minerales que buscaba en el campo, y sobre todo en la vía del tren, donde algunas veces, al romper una piedra, salía la sorpresa de un cristal de cuarzo precioso, o incluso un trozo de pirita;  Insectos y mariposas cazadas en los campos de alrededor del pueblo, y una colección de huesos de pájaros, murciélagos y ratas que cogía de los huecos de la ,de una casa abandonada, y los pegaba en una cartulina negra clasificados, basándome en los datos de una enciclopedia, de la biblioteca. En mi habitación tenía instalado todo un laboratorio, con un alambique, probetas, tubos de ensayo, etc, de hecho, tenía pegado en la puerta un cartel ,con ese nombre: ‘‘laboratorio’’.  Me pasaba allí horas, haciendo experimentos de física y de química, siguiendo las indicaciones de los libros.

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CAPITULO 6

Una Navidad, me regalaron un microscopio y descubrí el maravilloso mundo de detalles invisibles, a simple vista para el ojo humano. La garra que tiene una mosca en su pata, para sujetarse en cualquier sitio, las bonitas formas del polen de las flores, los glóbulos blancos y rojos de la sangre. Mi hermana pequeña, me servía de cobaya para esto, pero lo que más me fascinaba eran los seres unicelulares, me encantaba coger agua de un charco, o incluso agua que yo dejaba tiempo en un recipiente cerrado, hasta que se empezaba a descomponer y comprobar cómo allí había un auténtico mundo microscópico de seres vivos.

Me maravillaba ver moverse a los paramecios y las amebas, anotaba en una libreta todo lo que observaba, al microscopio, e incluso a veces hacía un pequeño dibujo de lo que estuviese viendo, me tenían fascinado. De hecho, en la escuela me pusieron el apodo de ‘‘paramecio’’ porque cuando un día en clase de ciencias naturales estudiamos esos seres, yo expuse las observaciones que había realizado hasta entonces, y mostré el cuaderno donde las había ido anotando. Recuerdo que el maestro, Don Francisco Martínez quedó sorprendido. Éste señor era Un Maestro, con mayúsculas, de los auténticos, un maestro por vocación, se le notaba que disfrutaba enseñándonos.

Algunos días se salía del temario y nos hablaba y daba consejos sobre la vida, sobre cómo ser personas exitosas y ejemplares. Nos decía que hay que tener respeto por las personas mayores, que al cruzarnos por la acera con alguien, hay que dejar que esa persona pase por el lado junto a la pared, que debíamos acostumbrarnos a leer libros para aumentar nuestra cultura, y algún periódico para saber qué sucede en el mundo, y cosas así. Recuerdo con mucho cariño, a aquel maestro, nos decía que era inconcebible que un extranjero que visitase por ejemplo Córdoba, supiese mucho más sobre la Mezquita que la mayoría de los cordobeses.

Ya en séptimo curso, saliéndose del temario de los libros como acostumbraba a hacer, por su cuenta nos enseñó las formulaciones químicas, resaltando que el saber ese tema nos sería muy útil después en el instituto, y vaya que lo fue. Al empezar a estudiar de nuevo esa asignatura, en segundo de bachiller, la mayoría de mis compañeros no tenían ni idea, era algo nuevo para ellos, y yo como ya lo había aprendido unos años antes, sacaba siempre sobresaliente en las pruebas de formulación. Nos decía que había que aprovechar al máximo las horas del día, que cuando una persona está haciendo una actividad durante un tiempo y se cansa, en lugar de tumbarse y no hacer ya nada simplemente hay que cambiar de tema y nos ponía de ejemplo sus tiempos de estudiante de magisterio, en los que cuando se cansaba de estudiar, por ejemplo matemáticas, hacía una breve pausa de unos minutos y empezaba a estudiar historia, cuando se cansaba de ésta empezaba con física , y así iba alternando asignaturas y aprovechando su tiempo, para terminar la carrera con el máximo de provecho.

Nos contó un truco que utilicé después muchas veces con buen resultado, sobre cómo entrar tranquilo a un examen. Antes de entrar a la sala donde se realizaría la prueba, se ponía de pie, y se imaginaba, que los nervios que sentía eran como cuerdas de un instrumento musical, liadas alrededor de su cuerpo, vibrando continuamente de forma caótica, y él empezaba a cogerlas desde las piernas, los brazos y luego el resto del cuerpo, las hacía un ovillo, que seguía vibrando alocadamente, y lo depositaba, en un rincón junto a la puerta, diciéndoles ‘‘os recogeré luego cuando salga del examen’’. De esa forma entraba tranquilo y relajado , sabiendo que los nervios los había dejado en la puerta y que por ello no le jugarían ninguna mala pasada.

Muchas gracias D. Francisco, por sus enseñanzas, por querer hacer de aquellos niños, ‘‘personas de provecho’’, utilizando las palabras que usted decía.

En aquel tiempo, las instalaciones eléctricas eran algo burdas, sin la seguridad de los interruptores magnetotérmicos y otros accesorios que ahora se instalan. Antes el fusible general de la casa consistía en tres o cuatro hilos de cobre, sujetos en una pieza que se encajaba en la pared, los he cambiado alguna que otra vez en el inicio de la instalación.

Un día, faltó poco para que me electrocutase. Era domingo a mediodía y me había estado bañando en la piscina, antes de meterme en mi “laboratorio”. En la mesa de estudio tenía un flexo para tener mejor iluminación al estudiar de noche, y una calculadora científica que funcionaba conectada a la electricidad. Como en clase de ‘‘pretecnológicas’’ ese era el rebuscado nombrecito de la asignatura, ya habíamos realizado algún trabajo ,de combinar interruptores, conmutados con cables, bombillas, y electricidad, pero aplicando la corriente de una pila de 9 voltios se me ocurrió hacer un empalme, en el trozo del cable eléctrico, que salía de la base del flexo y poner allí una clavija, para poder conectar la calculadora.

Estaba leyendo, cuando distraídamente puse un dedo encima de dicha clavija y me soltó una descarga eléctrica que me dejó pegado al enchufe. No llegué a desmayarme, menos mal, pero tampoco fui consciente de lo que ocurrió. Parece ser que mi cuerpo empezó a agitarse, de forma espasmódica y en uno de esos espasmos mi brazo chocó con el flexo, que cayó al suelo dando un tirón del cable y despegándome así de la clavija, librándome de morir electrocutado. Al ser de nuevo consciente, y mirarme el dedo que había puesto encima del enchufe, le faltaba un buen trozo de la parte delantera, la electricidad me había quemado, un agujero que casi llegaba al hueso. Me fui para el comedor donde estaba mi familia y mi padre se asustó al verme con el dedo sangrando, él me había oído respirar, de forma fuerte y agitada, y se había creído que eran carcajadas.

Al acostarme por las noches, tengo la costumbre de cruzar los dedos, por encima de la cabeza mientras me relajo, pero cuando me sucedió este percance eléctrico, recuerdo que durante bastantes días no pude hacerlo al intentarlo sentía una sensación muy rara que hacía que los separase rápidamente. Era como si sintiese una descarga en las manos al cruzar los dedos.

 

CAPITULO 7

Mi abuelo Pedro, para mí era como una especie de guardián de la casa, y el que se ocupaba del mantenimiento general, se encargaba de que no faltase leña junto a la chimenea, nunca, sin importar el mal tiempo que hiciese, y me daba la impresión, de que siempre dormía con un ojo cerrado y otro abierto, ya que por las noches, se levantaba y daba una vuelta por la casa y la fábrica, para comprobar que todo estuviese bien. Si alguno de mis hermanos o yo, nos íbamos a levantar de noche para estudiar, él siempre estaba levantado, antes y ya tenía encendido el fuego de la chimenea, para que no pasásemos frío.

Lo que me hace sonreír al recordar a mi abuelo Pedro es, que de joven, yo sentía mucho miedo de noche cuando me encontraba en la oscuridad. Creo que tenía mis motivos para ello porque aparte del miedo a los lobos ocasionado por las historias de mi abuela, en la tienda de muebles que mi padre había puesto en la parte baja de la casa, algunas noches se oían crujir las maderas, y eso daba mucho miedo escucharlo, acostado en la cama en la oscuridad.

Ya de adulto, lo que me daba más miedo era cuando volvía a casa, bastante entrada la noche. La cochera donde guardaba mi coche estaba en la parte trasera de la casa, que daba a un callejón estrecho y muy oscuro, en el que sólo se veía, la pequeña zona a la que apuntaban los faros del coche. Ahora me río al recordarlo pero entonces me daba tanto miedo el tener que bajarme del coche, para abrir aquel portón metálico gigante, que tenía la cochera por allí también entraban los camiones de la fábrica con esos chirridos fantasmagóricos que hacían al girar las puertas. Muchas veces aparcaba en la puerta de casa, entraba y le pedía a mi abuelo que bajase conmigo, con la excusa de que me ayudase a abrir dicho portón. Él sonreía, pero nunca se negaba a nada que le pidiesen sus nietos.

Él no tenía miedo, estaba curado del mismo con lo que había vivido cuando de joven soportó lo horrores de la guerra y no tuvo más remedio que ser valiente, y astuto para sobrevivir. Le gustaba mucho viajar, y se apuntaba a ello cuando se enteraba de que alguien que se iba a desplazar en coche o en camión, a cualquier parte, a él le daba igual, con tal de subirse en el vehículo. Cuando se venía conmigo, me iba contando historias de las atrocidades de la guerra y recuerdo que en una de ellas me detallaba cómo en un enfrentamiento armado, en el que los estaban acribillando, desde lo alto de una colina, llevaban mordido un trozo de una rama,
para evitar que les estallasen los oídos, si les explotaba cerca una bomba, y les pillaba con la boca cerrada.

Algunos domingos por la mañana, me bajaba con mi padre a la tienda, mientras atendía a los clientes, recuerdo una anécdota, en la que al preguntarle una pareja por el precio de un dormitorio les dijo el importe, y a continuación añadió que esa semana, había un descuento de un 20%, en los todos los muebles del dormitorio, hizo una pausa y añadió, que sí además pagaban su compra al contado, les hacía también un descuento extra del 10%. Esto me llamó la atención y más tarde, cuando ya no había clientes, le dije:
“Papá, por qué no haces los números de forma más simple, para que el cliente los entienda más fácilmente, y en lugar de hacer un descuento de un 20%, y luego otro de un 10%, les haces directamente un descuento del 30%, que suena mejor’’.
A lo que él me contestó, “si lo hiciese así, ganaría menos dinero, porque sí al total de la compra, le descuento un 30%, le estaría rebajando más, que si le hago primero un 20% y a la cantidad resultante le rebajo después un 10% “. Como hacía poco que yo había estudiado en la escuela cómo calcular los porcentajes, tuvo que coger lápiz y papel y demostrarme lo que me estaba diciendo, con un ejemplo para que yo lo entendiese. Él solo había asistido ocho meses a la escuela.

“Todo problema trae consigo una solución; cada adversidad contiene la semilla de un beneficio similar o mayor”.

Mi padre tuvo obstáculos financieros significativos, durante la década de 1970, por ejemplo, cuando se quemó la fábrica y la compañía de seguros no pagó, ni un tercio de lo perdido en el incendio, sin embargo sus ‘‘porqués’’, le proporcionaron la fuerza necesaria para seguir luchando.

“No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo” (Nelson Mandela).

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CAPITULO 8

Una noche de agosto de 1970, mientras dormíamos ajenos a la tragedia que se nos venía encima, un incendio destruyó la fábrica y parte de la casa. Parece que debido a un cortocircuito, saltó una chispa eléctrica que cayó en el serrín del suelo de la carpintería, prendió y el fuego se propagó rápidamente por todo el edificio destruyéndolo todo a su paso.

Yo entonces tenía nueve años, y lo único que recuerdo de aquella trágica noche es, que de pronto mi hermano y yo, nos encontramos encerrados en una habitación de la casa, de una vecina de enfrente y a través de la reja de la ventana, veíamos cómo se quemaba nuestra casa, sin nadie a quien poder preguntar nada, dónde estaba el resto de nuestra familia. Todo el mundo estaba ajetreado, intentando salvar cosas de la casa, ayudando a intentar apagar el fuego. Las campanas de la iglesia, de un convento de monjas que había en la calle de al lado sonaban dando la alarma para despertar a los vecinos, y que ayudase todo el que quisiese.

Se quemó todo menos las habitaciones de la zona delantera de la casa. Si cierro los ojos,aún puedo ver el suelo ennegrecido del dormitorio de mis abuelos, Pedro y María,que era una de las habitaciones que estaban pared con pared con la fábrica; y en la terraza que había sobre dicha habitación, todas las gallinas, conejos y palomas que mi abuela criaba allí, muertos debido al humo y al calor de las llamas.

A la mañana siguiente me contaron que, los vecinos nos habían sacado a todos envueltos en mantas, sin ser conscientes de lo que ocurría y nos repartieron por las casas de enfrente; a mi hermano y a mí nos llevaron a casa de mi tío que vivía en Pozoblanco y allí estuvimos durante varias semanas, me imagino que para que mi padre pudiese estar más concentrado en valorar lo que había ocurrido y tomar las decisiones que estimase más convenientes.

“Los ganadores no tienen miedo de perder, pero los perdedores, sí. El fracaso es parte del proceso del éxito. La gente que evita el
fracaso también evita el éxito” (Robert T. Kiyosaki).

Mi padre sabía que el mejor maestro de todos es la experiencia. No temía a los retos, desde que era un niño su vida había sido un continuo desafío y una continua prueba de fortaleza y decisión para no abandonarse y ver realizadas sus metas. No tenía miedo a cometer errores, y cuando incurría en alguno, aprendía de él y seguía adelante con su plan. Al igual que el pájaro fénix de la leyenda, resurgió de sus cenizas con mayor fuerza, basada en la experiencia que ya tenía, y volvió a reedificar todo pero esta vez con una fábrica tres veces más grande. Además de reconstruir la parte de la casa que se había quemado, compró los cines que estaban al lado de ésta, instaló en ellos nueva maquinaria y un almacén mayor, con lo que la capacidad de producción aumentó a más del doble.
En lo que antes del incendio había sido fábrica, al reconstruirlo instaló, una gran tienda de muebles que cubrían unas enormes terrazas, en las que construyó una pista de tenis y una piscina.

Pero no paró ahí,  siguió ampliando la fábrica apalancando la inversión, mediante créditos en un par de bancos con los que construyó nuevas naves que ocupaban casi la mitad de los edificios de la calle de detrás de nuestra casa fábrica, amplió las diferentes zonas de producción y compró modernas máquinas para conseguir hacer un trabajo más rápido y eficaz. Llegó a tener una plantilla de más de 150 personas empleadas (entonces el pueblo tenía unos 7000 habitantes). Muchas familias en el pueblo tenían alguno o varios miembros trabajando en casa Josamper. Compraba maderas en Valencia, en Pamplona, maquinaria en Bilbao, goma espuma a mayoristas de Madrid y de Sevilla. Se rodeó de grandes profesionales, tanto en la manipulación del producto como en la red comercial, llegando a abastecer de muebles tapizados a casi toda España, e incluso hizo pequeñas exportaciones con ventas en Francia e Italia. Pero una vez superado,el trauma del primer incendio y reestructuradas y ampliadas todas las infraestructuras, poco años después,el destino volvió a golpearlo de nuevo. En agosto de 1975 hubo otro incendio,y esta vez el daño fue mucho mayor.

Mi amigo Paco Cerezo en aquel tiempo estaba estudiando Ingeniero Técnico Aeronáutico, le encanta todo lo relacionado con la aeronáutica y es un gran aficionado al aeromodelismo, afición que me contagió y poco a poco me enseñó a volar con esas maquetas, aunque nunca llegué a tener su maestría.

En la planta alta de una de las nuevas naves de la fábrica,que mi padre había construido en la calle de atrás, estaba el almacén donde se apilaban los grandes bloques de goma espuma que se utilizaban para cortar las piezas con las que rellenar todas las partes blandas de las sillas y sofás. Los sábados, aparte de alguien que viniese a trabajar algunas horas extra, normalmente solo estaban en la fábrica los camioneros, con algún ayudante preparando la carga con los pedidos que había que repartir, a partir del lunes y algunos chicos aprovechábamos para colarnos y jugar en el almacén de la goma espuma. Nos subíamos lo más alto que podíamos y nos tirábamos, rebotando y divirtiéndonos a más no poder. Ese material se carga fácilmente de electricidad estática,y nuestro cuerpo la iba acumulando también con lo que se nos iba un buen respingo al apoyarnos en algún amigo para coger estabilidad y soltarle una pequeña descarga eléctrica. Era sábado por la tarde,y recuerdo que ese aciago día la casualidad hizo que estuviésemos jugando mi hermano, mis amigos, Paco, su hermano Juan y yo,en aquella parte de la fábrica. Estaban esperando un gran pedido por lo que el almacén estaba algo vacío y quisimos aprovechar esa situación para nivelar allí un avión Mistral, que habíamos construido, ya que en aquel lugar nuestro velero no correría riesgo de romperse, si chocaba contra algún bloque de goma espuma, durante alguna de las pruebas de vuelo necesarias. Estábamos pasándolo muy bien, cuando de pronto oímos una explosión en la parte de abajo, y gritos de ¡¡¡FUEGO!!!

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CAPITULO 9

Al intentar bajar por la misma escalera por las que habíamos accedido, el fuego ya la estaba consumiendo (los peldaños eran de madera). Echamos a correr hacia la esquina opuesta en que había otra escalera, allí el fuego casi había llegado también, bajamos y pasamos corriendo hacia la nave siguiente, que era la última de la fábrica, ¡estábamos atrapados!, el fuego nos impedía volver hacia la única puerta abierta.

Corrimos hasta el rincón más alejado buscando una forma de salir de esa situación. Los muros de las naves terminaban en una larga uralita reforzada hasta el techo con tela metálica, un ingenioso mecanismo que en verano permitía quitar dicha uralita para que circulase aire para refrescar el ambiente y en invierno ponerla para evitar que entrase el agua cuando llovía. Mi amigo Paco, que era el mayor de todo el grupo, tuvo la idea de subirse encima de una maquina serradora que había en un rincón y desde lo alto de ella trepó al muro, se afianzó, le lanzamos un palo grueso y se puso a golpear la tela metálica para hacer un hueco por el que poder escapar de allí. Fue ayudando a cada uno a subir y desde allí se fueron tirando a la calle pero cuando me tocó a mí, yo estaba muy asustado y como no era tan ágil como los demás no me veía capaz de trepar por la máquina, por lo que se bajó y empujándome me forzó a subir y a tirarme.

Cuando ya estábamos todos en la calle, el fuego salía ya por el dintel de la puerta junto a la pared por la que habíamos saltado y nos refugiamos corriendo en la fábrica de la parte de enfrente. Mis amigos Rafa y José Miguel no quisieron venir a probar el avión, se quedaron jugando al tenis y ellos, al ver el humo, fueron rápido a avisar. Cuando mi padre llegó a la zona donde estábamos se hizo cargo de la situación indicándonos que cerrásemos rápidamente las ventanas para evitar
que pudiese entrar alguna pavesa ardiendo y el fuego se propagase a esta parte.
Se fue después rápidamente junto a la piscina y con la ayuda de un motor empezó a lanzar agua a la parte incendiada.
Frente a nosotros, aparcado en la calle estaba uno de los camiones cargado con todos los pedidos que tenía que empezar a repartir el lunes siguiente. Le cayó encima un trozo de escombro ardiendo y ahí si nos asustamos mucho pensando que ya no nos libraríamos de que el fuego se
propagase a la parte donde estábamos cuando explotase 􀊊consecuencia de tantas películas en las que siempre que un vehículo arde termina por explotar􀊊. Con lo nerviosos que todos estábamos nadie se percató de que al ser un motor diésel, éste arde pero no explota, como así ocurrió,quedando el camión convertido en un amasijo de hierros.
Era horroroso ver cómo el fuego consumía completamente, aquella parte de la fábrica. De vez en cuando se oía una fuerte explosión provocada por las llamas, y las altas temperaturas que hacían reventar los bidones de disolvente,
que había en la sala de pintura, salían proyectados escombros ardiendo, los cristales de las ventanas donde estábamos se rompían, y nos agachábamos vigilantes, temiendo que alguno de aquellos trozos se colase dentro, motivo por el que todos estábamos alerta, para en su caso, evitar que el fuego se propagase a esta parte de la fábrica.

En mi pueblo no hay parque de bomberos, vinieron los del pueblo de al lado y cuando terminaron de sofocar el incendio ya estaba todo perdido, todas las nuevas máquinas, instalaciones y mercancías que mi padre había puesto en
las nuevas naves, construidas en la calle de detrás de nuestra casa, habían sido consumidas por el fuego. Todo quedó reducido a escombros.
Cuando se marcharon los bomberos, mi padre siguió luchando contra el fuego durante la noche, apagando con el agua de la manguera los pequeños escoldos que aún seguían activos, entre las ruinas de la fábrica, para evitar que
el fuego se pudiese avivar con el aire ,y saltara alguna chispa a la parte de enfrente.

“Deberíamos vivir imitando a los árboles, que pasado un año
malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar”.

Una vez más, mi padre consiguió resurgir de sus cenizas y sacando todo su valor y coraje, al poco tiempo volvió a estar fabricando y vendiendo en las antiguas instalaciones que seguían operativas al no haberles afectado el incendio. Pero esta vez el golpe había sido demasiado duro.

Quería que sus hijos aprendiésemos todo sobre la empresa, empezando por lo básico, que era el trabajo en la carpintería, con horario de jornada completa como los demás.
Me incorporé a trabajar en la fábrica en el verano de 1976, en los meses de vacaciones del instituto. Recuerdo lo poco que me gustaba, cuando a las ocho de la mañana mi padre entraba al dormitorio, donde dormíamos mi hermano y yo, a despertarnos para que estuviésemos preparados para empezar a trabajar a las ocho y media, como el resto de los trabajadores. La mañana se me hacía eterna; cada poco miraba el reloj ,comprobando con desesperación lo lento que pasaba el tiempo.
En aquel tiempo yo no me daba cuenta de la lección que estaba aprendiendo; Solo cuando fui más mayor y tuve mi propia empresa, fue cuando, agradecí que mi padre me hubiese enseñado el significado de un trabajo, repetitivo, mecánico y con un horario de jornada completa. Este conocimiento me sirvió para ir descubriendo mis ‘‘porque’’, para tener muy claro que ese tipo de trabajo no era lo que yo quería desarrollar, cuando hubiese terminado los estudios.
Al poco me enteré de que había problemas con la compañía de seguros, que sólo estaba dispuesta a pagar una mínima parte, de lo perdido en el incendio, lo cual no era suficiente para pagar el coste de todo, lo que se había destruido, ni de los grandes créditos y deudas contraídos con bancos y
proveedores.
Las compañías de seguros siempre intentan encontrar una justificación, que les evite pagar las pólizas que ellos mismos firman, y en estas dos ocasiones se lo pusieron a mi padre muy, muy difícil, tanto que del segundo incendio ya no se recuperó totalmente, y le supuso el que al cabo de poco
tiempo tuvo que declararse en quiebra, presentar una
suspensión de pagos al no poder hacer frente a todo lo que debía, y despedir a la gran mayoría de los
trabajadores, con el consiguiente problema que eso supuso.

Gracias a su ingenio y fuerza de voluntad para sobreponerse, a este desastre, se las apañó para seguir fabricando y buscó el modo de burlar, de una forma legal, el férreo control sobre la producción que establecieron los acreedores, sobre todos los ingresos que se generaban en lo que quedó operativo de la fábrica. Embargaron todo lo que de valor encontraron en su
patrimonio.
Mi padre aprendió una importante lección al comprender que:
Una persona con negocios no debe poseer nada pero si controlarlo todo.
En lugar de ser dueño de los edificios, instalaciones y demás, el propietario de un negocio o una empresa no debe poseer nada como persona física, pero sí controlarlo todo mediante personas jurídicas, sociedades mercantiles que sean las propietarias legales del patrimonio y que a su vez son controladas por el dueño del negocio.

En Castuera, Badajoz, alquiló las naves en desuso de una antigua fábrica de hielo y las máquinas a los dueños de una pequeña carpintería que se habían jubilado.
Allí creó una Sociedad Limitada constituida por sus hermanas 􀊊él no podía ya tener nada a su nombre􀊊. Las máquinas de la pequeña carpintería no contaban con lo necesario para fabricar los armazones y esqueletos de las sillas y sofás y como los acreedores le habían embargado las cuentas bancarias, apenas le quedó dinero y no pudo instalar allí una fábrica completa, sólo puso una pequeña tapicería.

Una comisión de los acreedores, controlaba continuamente todo lo que se fabricaba confiscando todo el ingreso, que reportaban las ventas. Para burlar este control, rozando el límite de la legalidad, desde la fábrica se enviaban a
Castuera, camiones cargados sólo con los armazones ya terminados de sillas y sofás en lo que eran pedidos servidos a un cliente, la sociedad limitada que
formó allí. Así el importe de las ventas era más bajo,puesto que esos artículos estaban sin tapizar, que era lo que les añadía valor. Una vez recibidos en su destino, los armazones de los muebles, mis tías los tapizaban y servían desde
allí los pedidos de los clientes.
De esta forma pudo empezar a recuperarse de la catástrofe del segundo incendio y volver a ser un importante fabricante de muebles.
Logró recuperarse y llegó a triunfar como empresario
trabajando con pasión y esfuerzo
para conseguirlo.

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