EL MAR INTERIOR, por Francisco Navarro

Uno de los recuerdos más bonitos de mi niñez es cuando en primavera los campos que rodeaban el pueblo se teñía de un color verde esmeralda, producido por las siembras de trigo y cebada.

Cuando nos trasladamos a Barcelona, una de las cosas que esperaba con más interés era ver el mar por primera vez y he de decir que cuando me asomé a la orilla inmediatamente me vino a la mente la visión de aquellas siembras, porque era lo más parecido que yo he encontrado entre ambas imágenes. Cuando soplaba la brisa y se mecían las mieses se formaba un suave oleaje, como un mar de tierra adentro.

En mi memoria está la idílica visión que teníamos cuando, desde la Ermita, mirábamos a derecha e izquierda y veíamos los sembrados con ese colorido cambiante según los bañaban los rayos del sol, salpicados por los puntitos rojos de las amapolas.

Tocando prácticamente las casas de nuestra barriada también había sembrados y no olvidaré nunca la sensación que sentía cuando  en la calurosa noche que anunciaba el cercano verano, nos introducíamos en el interior de la siembra y formábamos una “cama” donde nos recostábamos al frescor de los tallos a contemplar las estrellas que se veían por cientos de miles. Era un bonito espectáculo que jamás he vuelto a ver.

Y pasando al lado práctico, recuerdo la espera a que las espigas estuvieran bien granadas (reventonas decíamos) para, al salir del colegio, llenarnos los bolsillos de ellas y después de merendar nos sentábamos en algún bordillo donde, con gran habilidad, desgranábamos  y comíamos los granos verdes.

Hoy día las necesidades son otras y los campos se ocupan de otros productos más rentables pero nunca serán tan bellos.

Autor entrada: Francisco Navarro

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